Yo sé de Jesús
Noche de julio, helado frío que se cuela por las mangas y desorienta. Mientras esperaba en la parada, el cansancio se asomaba un par de veces cerrando mis párpados y la frenada de los colectivos me sobresaltaban. Con un resoplido froté mis manos, pálidas, para darles calor y en ese momento un anciano de ojos brillosos aniñados se acercó, y estrechando mis manos puso en ellas un par de guantes. Un llanto profundo me desbordó acompañado de extraña de felicidad, mientras mis labios, dibujaban una sonrisa y esbozaban un simple Gracias para aquel cirujano del alma.
Poike






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